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Otomo: Una alternativa a la relación senpai-kohai por Michael Clarke

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Foto: www.google.com

En el Karate de Japón, y en mucha menor medida en el de Okinawa, existe un sistema de aprendizaje conocido como la relación senpai-kohai. Scott Langley escribió un poco sobre ello en el número 101 de la revista Shotokan Karate Magazine. Los avanzados (senpai) aceptan responsabilidad por los kohai (menos experimentados) en el dojo, y al hacerlo se esfuerzan por animarles a desarrollar el tipo de espíritu necesario para aguantar la instrucción, y continuar cuando el entrenamiento se vuelve difícil. En esta relación, el kohai, a su vez, se esfuerza al máximo dentro de su nivel para estar a la altura de las expectativas de sus senpai, y hace todo lo posible para tener en cuenta el comportamiento de sus senpai. No sorprende que sea un sistema abierto al abuso, pero cuando funciona bien yo diría que tiene mucho mérito, y un valor incalculable cuando se trata de aprender los valores más sutiles del Karate. Y lo que es más, yo diría que es precisamente porque conceptos como el que se discute aquí forman parte del aprendizaje del Karate que los niños y las personas de disposición perezosa están naturalmente excluidos del Karate más allá del nivel más superficial.

Ser considerado senpai no es sólo el reflejo de ser superior a otros en grado, sino que destaca a las personas por su ejemplo como prueba de que el entrenamiento que soportan los menos avanzados, en ocasiones tortuoso, puede superarse. Pues llegará un momento, para aquellos que no abandonen, en el que la intensidad de la práctica de Karate disminuye, y el entrenamiento asume un papel más natural en la vida. Aunque el senpai es diferente al sensei, el sistema, en lo que respecta al kohai, funciona de la misma manera. Los kohai se comportan con agradecimiento por la ayuda que reciben de sus senpai tanto dentro como fuera del dojo. Dentro del dojo, los senpai son exigentes para llevar al kohai más allá de su nivel actual, y fuera del dojo a menudo utilizan sus contactos para presentar al kohai a alguien que le pueda ayudar en sus estudios o carrera. Les introducen a métodos de comportamiento, y les educan en asuntos de conducta a la manera, a menudo estilizada y rígidamente formal, en la que los japoneses interactúan entre ellos fuera de la privacidad de sus casas. Todas esas cosas pueden resultar muy valiosas en el futuro del kohai.
Los contactos, o como yo prefiero llamarlo, el nepotismo, forma tanto parte de la vida occidental como de la japonesa. Sin embargo, donde un senpai japonés cumplirá con su papel en la relación y esperará lo propio del kohai, en el Karate comercial que se encuentra con tanta frecuencia en occidente, la convicción, tanto de senpai como de kohai, de cumplir correctamente con su papel, falla repetidamente. Muchos karate-kas occidentales, no sólo no llegan a comprender los aspectos físicos de su Karate «tradicional», sino que también fracasan miserablemente cuando se trata de entender muchos de los rasgos culturales básicos que sostienen la «tradición» de la que presumen formar parte. Aferrarse a la idea equivocada nunca producirá los resultados correctos, y una pereza tan profundamente arraigada siempre resistirá la necesidad de cambio. Pero, este conflicto interno con nuestra propia pereza inherente, y nuestro esfuerzo por implementar el cambio, es la lucha que realmente necesitamos ganar en nuestro Karate. Los métodos de entrenamiento tradicional revelan nuestra verdadera naturaleza; esa revelación señala la realidad de quienes somos; pero lo que hagamos con esa realidad depende de nosotros, y ahí es donde se produce la lucha.
Si verdaderamente pensamos que estamos bien como estamos, que no hay ninguna necesidad de enfrentarse a semejante desafío, entonces ¿en qué clase de «tradición» estamos metidos? ¿Para qué estamos entrenando Karate? ¡Para auto-protección física seguro que no! Un cuerpo fuerte controlado por una mente débil sirve de poco en una pelea real. Pregúntate cuánto tiempo llevas entrenando… Ahora, identifica la última vez que peleaste por tu vida en la calle… No… No… No… Deja de intentar hacer ver que esas peleas son habituales. Para la inmensa mayoría de personas involucradas en el entrenamiento de Karate actualmente, las probabilidades de verse envueltas en semejante escenario son mínimas. Entrenar tan duro durante tanto tiempo para una situación tan improbable a mí me parece una enorme pérdida de tiempo. Además, como diría cualquier experimentado luchador de la calle, no es la técnica lo que gana las peleas, sino la actitud de la persona que las utiliza; o, como mi querido padre solía decir: «No es el perro de la pelea, ¡sino la pelea del perro!». Pasar años practicando kata, dominando la técnica, y superando exámenes de grado, no te prepara lo más mínimo para la calle; de hecho ese entrenamiento podría colocarte en una situación mucho peor debido a un equivocado sentido de seguridad. Si quieres ser un buen luchador, entonces dedica tu tiempo a pelear, ¡no a entrenar para ello!
Ser más avanzado que otros no es una licencia gratuita para abusar de aquellos que tienen menos experiencia, y tampoco debería verse como una oportunidad de asumir control sobre otros. Los kohai deben comportarse como lo hacen hacia sus senpai por respeto y gratitud, no porque les teman o porque sus senpai así lo requieran. Es curioso, pero la sabiduría del viejo dicho «El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente» parece depender de quién tiene el poder. Parece que los humanos nos adaptamos a la autoridad de maneras muy extrañas (pero lamentablemente predecibles). Si la tenemos, casi siempre la explotamos mucho más allá de los límites de lo que es justo y no lo vemos mal; y sin embargo las mismas personas que se comportan así son las primeras en protestar contra ese abuso si va dirigido a ellas. Si tienes problemas para apreciar la necesidad de equilibrio en tu comportamiento, y al tratar con otras personas, quizá sería prudente considerar seriamente reflexionar sobre otra antigua fuente de consejo: «Si empiezas a jugar con el poder, ¡el poder empezará a jugar contigo!».
Al igual que con cualquier otro aspecto del entrenamiento de Karate, se requiere cierto nivel de madurez para extraer las lecciones que se ofrecen de la práctica que llevamos a cabo. Como la mayoría de la gente que enseña Karate actualmente lo hace, en mayor o menor medida, por razones comerciales, no es de extrañar que en general se hayan perdido los niveles aceptables de habilidad y carácter moral. Sí, claro, simplemente la ley de la media asegura que de vez en cuando salga un reducido número de individuos con talento de los clubes comerciales, pero este fenómeno no debería confundirse como una prueba de que el enfoque comercial a la enseñanza de Karate funciona. Yo diría que esas cosas suceden más por buena suerte que por buena práctica. En definitiva, uno no puede enseñar lo que no sabe. Información no es conocimiento, y conocimiento no es comprensión; la razón por la que muchos parecen no tener claro este punto sin duda es un reflejo del declive del nivel del Karate a lo largo de las tres o cuatro últimas décadas.
Una vez el concepto de «instructores profesionales» llegó a ser aceptable, y en algunos grupos incluso una prioridad, se marcó el terreno para el desastre que vemos hoy a nuestro alrededor. A aquellos que defenderían el concepto de profesionalidad en el Karate afirmando que existe una «necesidad» para tales individuos, yo les diría que al mundo le iría igual de bien sin el Karate, y continuaría girando aunque todos dejásemos de entrenar mañana. El Karate no tiene absolutamente ninguna importancia para nadie, a excepción de la persona que lo practica. El mundo funcionaría perfectamente bien sin el arte que practicamos; y por lo tanto no hay absolutamente ninguna «necesidad» de que existan instructores de Karate, yo incluido. Para entender y obtener beneficio personal del Karate, lo que necesitamos, como individuos, es tener la voluntad de aprender y, llegado el momento, la voluntad de compartir.
Voy a intentar expresarlo con la mayor claridad posible: el entrenamiento de Karate tradicional es muy difícil y desafiante, tanto para el cuerpo como para la mente, es demasiado exigente y desafiante para ser popular; los niños y los adultos de mentalidad débil que buscan un método de auto-protección, no pueden tolerar el entrenamiento de Karate tradicional, simplemente no está a su alcance. Debería matizar esa afirmación diciendo lo siguiente: aunque la gente puede que esté realmente entrenando muy duro físicamente, a menudo siguen «sin comprender» la naturaleza de su Karate. Cuando se les pregunta, muchas personas creen que están entrenando Budo-Karate tradicional (N.T.: Karate – Arte Marcial); en realidad, normalmente están entrenando Kenko-Karate tradicional (N.T.: Karate – Salud). Únicamente una pequeña minoría es lo suficientemente honesta para decir que está entrenando Kyogi-Karate (N.T.: Karate – Deporte), para ganar trofeos, premios en metálico, o una oportunidad de obtener fama; pero para mí personalmente esas personas son mucho mejor compañía que el ejército de falsos profetas cuya imagen de sí mismos no alcanza ni de lejos la realidad.
Ser un tipo duro no te convertirá en un buen karateka, tener un alto grado dan con un montón de seguidores tampoco; lo que hace bueno el Karate de una persona es su actitud hacia el entrenamiento, y su voluntad para hacer lo correcto por la simple razón de que es lo correcto. A veces esto puede significar ir al dojo y entrenar incluso cuando no es cómodo o conveniente hacerlo. Puede significar ayudar cuando preferirías no hacerlo, o negarte a estar de acuerdo con otros cuando verdaderamente crees que algo está mal. En resumen, tener buen Karate significa asumir responsabilidad por tus propias palabras y acciones y estar preparado para enfrentarte a las consecuencias de tus actos; esa es la naturaleza de la «tradición» en el Karate tradicional. Si aceptas esta definición, ya no resulta difícil apreciar por qué el Karate, en manos de los instructores comerciales, está tan diluido. Asumir responsabilidad personal de tu vida (y de tu Karate) no es algo prioritario en la agenda de las sociedades occidentales actuales, la conveniencia manda, y si las cosas no salen como nosotros queremos, ¡siempre es culpa de los demás!
Muy bien, ¿y qué tiene que ver todo eso con la relación senpai-kohai? Intentaré explicarlo. Cuando las personas van por primera vez al dojo, quieren aprender, pero necesitan ayuda. No pueden simplemente observar, copiar, y después decir que saben Karate. Así que necesitan ayuda y guía para progresar. Ahí es donde entran los senpai. Han pasado por las mismas dificultades que los principiantes (kohai) están a punto de enfrentar, pero a diferencia del sensei, los senpai puede que todavía estén lejos de estar «fuera de peligro». Como agradecimiento por la ayuda del senpai y por actuar casi como un hermano mayor, los kohai, a cambio, se esfuerzan por hacerlo lo mejor posible. Así que entrenan diligentemente y prestan atención a las necesidades del senpai. Al hacerlo en realidad están ampliando su propia educación, aprendiendo a anticiparse y a actuar en consecuencia. Pasar por la vida, y por el entrenamiento, sin destacar, siendo así capaces de maniobrar sin llamar la atención hacia sí mismos. En el sutil arte de vivir bien, semejantes habilidades son de un valor incalculable. Sin embargo, en occidente, la humildad a menudo se confunde con debilidad, pero nada podría estar más lejos de la realidad. Se necesita mayor fortaleza de carácter para dar que para recibir, ya que cuando recibimos no hacemos nada, simplemente tomamos; pero cuando damos de nosotros mismos para el beneficio de otro, estamos demostrando algo de nuestro propio carácter. No que somos débiles, sino al contrario, que somos lo suficientemente fuertes y confiados como para dar.
Estoy poco familiarizado con el Karate japonés en comparación a mi comprensión del arte en Okinawa; el primero lo practiqué durante sólo diez años, el segundo lo he entrenado durante los últimos veintiséis. En Okinawa, el Karate es considerado parte importante de su cultura, y la población no-practicante lo ve con admiración y cariño. En Japón, la mayoría de la gente que no hace Karate ve nuestro arte marcial como poco más que pelearse. El Kendo, el Iaido, el Aikido, e incluso el Judo, portan todos ellos un aire de respetabilidad a ojos del público japonés que el Karate nunca consiguió asumir. Puede que esto sea un reflejo de la manera en la que la sociedad japonesa siempre ha despreciado a los okinawenses, o puede que sea que en la tierra del sol naciente el Karate fue transformado en un arte de lucha bastante más brutal (pero no menos efectivo) que su predecesor okinawense, quién sabe… El hecho es que en la isla natal del Karate el sistema senpai-kohai es mucho menos obvio que en el propio Japón. No obstante, sería un error pensar que no hay ningún sentido de «entendimiento» entre avanzados y principiantes en el dojo de Karate de Okinawa, porque definitivamente lo hay, pero sencillamente es menos evidente en su aplicación.
En mi experiencia viajando a Okinawa con regularidad desde 1984, he encontrado pocas muestras de senpai imponiéndose sobre kohai; pero de lo que fui consciente rápidamente fue del sentido de «otomo» que los kohai mostraban hacia sus superiores. Hablando en general, otomo se puede describir como «estar atento». Traducido literalmente, el término «Otomo» significa «gran amigo»; «O» significa grande o gran, y «tomo» viene de la palabra «tomodachi», que significa amigo. Ahora, imaginemos por un momento que conocemos a alguien que siempre está ahí para nosotros, que conoce lo que nos gusta y aquello que no nos gusta, y que está dispuesto a ayudarnos sin condiciones; podríamos considerar a esta persona un gran amigo, ¿verdad? Esa es la naturaleza de «otomo» de ser un amigo atento que está dispuesto a hacer tu vida más fácil eliminando pequeños obstáculos que puedan surgir en tu camino. Así, cultivando su consciencia siendo atentos pueden, por ejemplo, escuchar lo que uno tiene que decir, mientras se mantiene el vaso de cerveza lleno, o se buscan los zapatos en un restaurante y se preparan cuando es la hora de marcharse. Las puertas se abren, se encuentran paraguas, y se llevan las bolsas, y todo ello en el nombre de otomo, un regalo de amistad del principiante al avanzado.
Requiere mucha humildad actuar con otomo, pero incluso más ser el receptor. El ego humano se infla rápidamente y con muy poca persuasión las personas pueden empezar a creer que merecen ser tratadas como si fueran especiales, quizá mejores que el resto de nosotros. Esas personas merecen nuestro desprecio, no nuestra amistad, y yo personalmente no tengo reparo en decir lo que pienso cuando me encuentro con una persona así. Recordad, la gente nos trata de la manera que les dejamos que nos traten. Dejo a los alumnos de mi dojo que muestren otomo hacia mí porque es bueno para su educación; a cambio, lo hago lo mejor que puedo para facilitarles su aprendizaje en los métodos tradicionales del Karate. Yo muestro otomo hacia mis senpai de Karate porque es bueno para mi educación; Sin embargo, no voy saludando y diciendo «ouss» alrededor de mis senpai como si fuera un asno medio loco dando cabezazos, porque tales comportamientos son infantiles y sólo revelan la ignorancia de la persona sobre la conducta adecuada. En el Karate tradicional no hay lugar para famosos ni fans: sólo para interacción madura y respetuosa entre adultos.
En común con la relación senpai-kohai, otomo es una calle de doble sentido que nace de un sentido de respeto mutuo. Los okinawenses son menos rígidos en su sentido de la jerarquía que sus homólogos japoneses; dicho esto, una llamada de atención poco ambigua le espera a cualquiera que confunda su enfoque relajado y tranquilo hacia la vida con pereza o una falta de estructurada etiqueta. Confunde su sentido del decoro con cualquier otra cosa y te encontrarás en una posición de la que no es nada fácil salir. Aunque se ve más habitualmente en los dojo universitarios de Japón, estaba entrenando una vez en un dojo okinawense cuando un fallo de conducta correcta tuvo como resultado un violento y prolongado castigo físico de un alumno a manos de los senpai. Sin embargo, en un dojo okinawense, por regla general, si fallas en comportarte correctamente o entrenar con seriedad, lo más probable es que el resultado sea completo aislamiento; simplemente, la gente te ignora. Esta situación se resuelve de una única manera… Abandonas el dojo y no vuelves más. También he sido testigo de esto, y es un alto precio que pagar si, después de todo el esfuerzo para ir a Okinawa, la gente pierde la oportunidad de aprender debido a su propia ignorancia o ego.
Aprender a «dar», aunque sólo sea algo pequeño, no siempre es fácil. Referirse a alguien como sensei dentro del dojo pero no hacerlo fuera del mismo, por ejemplo, es un error, en mi opinión, y explicaré por qué. Un profesor, o bien merece el respeto que se deduce de ese título, o no; independientemente de si estamos en el dojo o en cualquier otro sitio, extendemos los modales correctos hacia un individuo, o no lo hacemos. La capacidad de mostrar un enfoque tan selectivo hacia la cortesía apunta a la capacidad subdesarrollada de la persona para «dar» de sí misma. También implora preguntarse por qué. ¿Por qué llamar a alguien sensei en el dojo y no hacerlo fuera del mismo? Si se hace por educación dentro del dojo, ¿significa que está bien no tener educación fuera del mismo, cuando el entrenamiento ha terminado? ¿Cuál es el verdadero tú, el estudiante educado en karategi, o la persona no tan educada de la calle? Si el Karate es simplemente un papel que se representa un par de tardes a la semana, no es de extrañar que su verdadero valor siga estando fuera del alcance de tanta gente. ¿He mencionado que el entrenamiento de Karate tradicional es difícil y desafiante?
En un mundo en el que la sociedad nos dice que todos somos «iguales» cuando evidentemente no lo somos, y que podemos tener lo que «queramos» cuando obviamente no nos lo podemos permitir, nuestro nivel de expectación parece inexhaustible. Entonces quizá no sea de extrañar que el Karate comercial haya tenido que bajar el nivel de esa manera para mantener el empleo del instructor. La imagen de adultos auto-motivados buscando el Karate en un dojo ha sido reemplazada en los clubes de Karate comercial por multitud de niños gritando, y estrategias de marketing que ofrecen todo tipo de promesas que no se pueden mantener. La gente paga sus tasas y espera que le sirvan el Karate en bandeja. Bajar el listón de la responsabilidad personal, y darle valor al dinero en entornos seguros y familiares, son conceptos apreciados por aquellos que trabajan duro por hacer del Karate todo tipo de cosas para todo tipo de gente, pero no saben nada de la naturaleza del entrenamiento tradicional.
Metodologías de educación del Karate tradicional como otomo y la relación senpai-kohai son calles de dos sentidos. Se trata de que cada parte aprenda a extender su sentido de lo propio para que incluya a otros, aprendiendo a dar discretamente y sin alboroto, y a aceptar gentilmente y con humildad cuando otros nos dan a nosotros. Sin embargo, mientras los karate-kas permanezcan anclados en los reinos físicos de los golpes y las patadas, y no logren desarrollar su intelecto tanto como sus cuerpos, sus espíritus continuarán estancándose. Ahora, pensando en todo el tiempo, esfuerzo, y dinero que invertimos en el aprendizaje de nuestro Karate, ¿quién se conformaría con eso por voluntad propia?
Fuente:
«Otomo; an alternative to the sempai-kohai relationship»
Traducción al castellano: Víctor López Bondía [Con la autorización de Michael Clarke]

 

 

 

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Esta entrada fue publicada en 8 julio, 2016 por en CULTURA JAPONESA y etiquetada con .

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