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El karate moderno se desarrolló entre escuelas, proyectos educativos y transformaciones políticas. Parte de su historia también estuvo vinculada al ejército y al nacionalismo japonés. Comprender ese contexto permite valorar su legado con mayor rigor y reflexionar sobre qué queremos transmitir hoy en el dojo.
Cuando hablamos del karate, solemos destacar el respeto, el autocontrol y la formación del carácter. Sin embargo, esos ideales conviven con una historia compleja. La evolución de este arte marcial estuvo condicionada por las instituciones y las circunstancias políticas de cada época.
Su relación con el mundo militar no surgió de una única decisión ni tuvo el mismo alcance en todas las escuelas. Fue un proceso en el que coincidieron la experiencia de determinados maestros, la incorporación del karate a la educación y la creciente militarización de la sociedad japonesa.
Yabu Kentsū (1866–1937) y Hanashiro Chōmo (1869–1945), colaboradores de Ankō Itosu, son dos figuras importantes para comprender los vínculos entre el karate de Okinawa y el ejército japonés.
Relatos históricos relacionan su buena condición física con la práctica del karate y señalan que esta llamó la atención de las autoridades militares. Conviene tratar estos testimonios con prudencia: ilustran cómo se valoraba el entrenamiento, pero no permiten establecer por sí solos un momento exacto en el que comenzó todo el interés militar por el karate.
Yabu fue conocido como gunsō, «sargento». Algunas biografías sostienen que posteriormente ascendió a teniente, aunque el investigador Joseph R. Svinth advierte que ese ascenso no está verificado en la documentación disponible para la familia.
Esta distinción recuerda algo fundamental: una historia repetida durante décadas puede necesitar todavía comprobación documental.
En su enseñanza en Shuri, Yabu destacó por las numerosas repeticiones de kata. Los recuerdos de sus alumnos describen una práctica exigente, en la que la constancia ocupaba un lugar central.
Su experiencia militar se ha relacionado con el entrenamiento colectivo «por números»: movimientos realizados al mismo tiempo y siguiendo un conteo o una orden. Sin embargo, atribuirle exclusivamente ese modelo sería simplificar la historia. Svinth señala que la militarización de la educación física japonesa durante las décadas de 1930 y 1940 constituye un contexto mucho más amplio.
La repetición y el trabajo colectivo pueden cumplir una función pedagógica. Para interpretar su significado histórico, debemos examinar también qué objetivos perseguían y qué relación establecían entre el instructor y los practicantes.
Hanashiro ocupa un lugar destacado en la historia del nombre del karate. En un manuscrito de 1905 sobre kumite utilizó los caracteres correspondientes a «mano vacía», una de las primeras evidencias conocidas de esa escritura.
El investigador Henning Wittwer señala que solo se conserva un fragmento conocido del manuscrito. Por ello, resulta más preciso hablar de notas manuscritas que de un libro publicado cuyo contenido completo conocemos.
El texto contiene órdenes y denomina «soldados» a los participantes. No obstante, Wittwer advierte que no está claro si Hanashiro se refería a militares concretos o si empleaba esa palabra para identificar a los practicantes. El vocabulario, por sí solo, no demuestra cuál era el público previsto.
El documento muestra cómo podían entrelazarse lenguaje militar, organización de la práctica y enseñanza técnica. También evidencia los límites de lo que podemos afirmar a partir de una fuente incompleta.
La incorporación del karate a las escuelas favoreció su enseñanza a grupos numerosos. En ese proceso, la preparación física de los jóvenes podía vincularse tanto con objetivos educativos como con las necesidades del Estado.
En 1908, Itosu presentó sus principios sobre el karate y defendió su difusión educativa, incluyendo su utilidad para la preparación militar. Décadas después, la expansión del karate en el Japón continental coincidió con un clima de ultranacionalismo y movilización para la guerra.
Los relatos sobre la Segunda Guerra Mundial vinculan a Gichin Funakoshi, Yoshitaka Funakoshi, Shigeru Egami y Tadao Okuyama con la enseñanza de karate en el entorno de la escuela militar de Nakano. Estos vínculos forman parte de la historia de su utilización militar, aunque no autorizan a describir toda la práctica del karate de aquella época como un proyecto uniforme.
El texto que motiva esta reflexión sostiene que las raíces de Okinawa y China fueron «borradas». Esa expresión resulta demasiado absoluta.
Es más adecuado hablar de su relegación en determinados discursos y de una redefinición de la identidad del karate. La búsqueda de reconocimiento como budō japonés favoreció cambios en su presentación, organización y lenguaje.
Pero relegar una herencia no equivale a eliminarla. La participación de maestros de Okinawa en el desarrollo y la transmisión del karate impide entender esa transformación como una ruptura completa con su procedencia.
La pregunta histórica es cómo se seleccionaron y reinterpretaron esas raíces para presentar el karate ante nuevas instituciones y nuevos públicos.
El bushidō suele presentarse como un código antiguo, uniforme y compartido por todos los samuráis. El historiador Oleg Benesch cuestiona esa imagen: los guerreros japoneses pertenecieron a épocas, regiones y posiciones sociales muy diferentes, y no existió una única ética aceptada por todos.
Según Benesch, el término adquirió una amplia difusión desde finales del siglo XIX. Sus versiones modernas se relacionaron con la construcción de una identidad nacional y, posteriormente, con la ideología del Japón imperial.
En ese contexto, valores como la lealtad, el deber y el sacrificio podían utilizarse para justificar la obediencia al Estado y la entrega de la vida por el emperador y la patria.
Por eso, al invocar el bushidō en una clase de karate, conviene explicar qué interpretación se está utilizando. Presentarlo como una herencia inmutable oculta sus transformaciones y los usos políticos que recibió.
La reflexión que sigue es una propuesta educativa: conocer este pasado debería ayudarnos a examinar cómo ejercemos la autoridad y cómo enseñamos la disciplina.
Un instructor necesita organizar la clase, establecer normas y proteger a sus alumnos. Esa responsabilidad puede ejercerse con explicaciones, límites claros y respeto por las personas.
La exigencia adquiere sentido cuando ayuda al practicante a aprender. La obediencia durante un ejercicio puede responder a razones de seguridad y coordinación, pero no debería convertirse en una renuncia permanente al criterio propio.
En el dojo, un alumno debe poder preguntar, expresar una dificultad y comunicar una situación que le preocupa. El respeto también compromete al instructor: exige escuchar, actuar con responsabilidad y reconocer los límites de su autoridad.
La disciplina puede convivir con el derecho a preguntar.
Estudiar la relación entre karate y militarización permite comprender mejor las circunstancias que moldearon su enseñanza. También nos invita a decidir conscientemente qué prácticas conservamos, cuáles revisamos y qué valores queremos transmitir a las próximas generaciones.