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En el mundo del Karate existe una necesidad abrumadora por convertir a los demás a una manera particular de hacer las cosas… «su» manera. Los grupos se definen a sí mismos no tanto por lo que practican y cómo lo practican, sino por lo malos y equivocados que están todos los demás. Cada grupo lo dirige un pequeño dios, y se anima a los seguidores a lanzar su mensaje en cada plataforma de difusión que puedan encontrar. En el fervor evangélico, el mensaje está claro… «¡Necesitas lo que tenemos!»
El problema es que, nunca se proporcionan pruebas que corroboren la «verdad» que reclaman los grupos, sólo anécdotas, habladurías, e historias basadas en un sistema de discurso y ritual de auto-convencimiento. Las medias verdades se asumen como verdades absolutas sin reparos, la ficción se confunde con los hechos de manera habitual; y continuamente la «fe» que cada miembro del grupo tiene en su líder crece y se hace cada vez más profunda e interdependiente. Los seguidores necesitan a su dios, su dios necesita a sus seguidores; cada uno orbita al otro en una danza binaria que, al menos desde el interior, asume la apariencia de un proceso con significado. Pero no es eso, sino simplemente un movimiento cansado bajo música antigua que se reproduce con instrumentos contemporáneos.
Con cada «iglesia» exponiendo su propia verdad, algunos dioses juegan una partida engañosa (la larga estafa lo llaman los embaucadores)… Hacen ver que no te quieren, y dejan la esperanza justa para creer que puede que quizá entres al templo. Después, un día (en realidad, sin intentarlo mucho) lo haces: ¡estás dentro! A partir de ese momento te sientes tan agradecido por formar parte de la iglesia que vacías tu vaso (y tu cabeza) sin inconveniente, y bebes efusivamente de la fuente del conocimiento «secreto», «especial» y «hasta la fecha desconocido». Aliviado al fin por estar en la senda correcta, golpeas las redes sociales con venganza… tú has visto la luz, y el resto de nosotros necesita escuchar.
Tu conversión se ha completado, tu relación con el Karate ya está arraigada en las palabras de tu pequeño dios (aunque no en sus acciones, porque a menudo contradicen lo que dice), su verdad es tu verdad, es «la» verdad, y sólo tienes que mirar a cualquier otro grupo de tu alrededor para encontrar las pruebas que necesitas. La superioridad de su Karate es evidente, la profundidad de su conocimiento tan grande, la justificación de su discurso tan convincente; ¡él tiene razón porque todos los demás están tan claramente equivocados!
«Cuando te dicen que estás equivocado, no te lo dicen por tu bien, sino para escuchar, una vez más, cuánta razón tienen«.
Fuente:
«Little Gods in the Church of Karate»
Traducción al castellano: Víctor López Bondía [Con la autorización de Michael Clarke]
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