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El autor de este artículo nos relata , las sensaciones de los practicantes que rondan o sobrepasan los 50 años …
Los practicantes de este arte marcial que rondamos -o incluso sobrepasamos- la cincuentena nos vemos obligados a responder a esta pregunta a menudo. Confieso que muchas veces, cuando me preguntan si hago deporte, respondo con un evasivo «sí, voy un poco al gimnasio», lo que me ahorra muchas otras explicaciones posteriores.
La amplia difusión de la que ha disfrutado el karate gracias al cine ha tenido una parte positiva y otra negativa. Si, por un lado, ha alcanzado una inmensa popularidad, por el otro se ha visto perjudicado por una imagen totalmente distorsionada. La mayoría de la gente, cuando se imagina un entrenamiento de karate piensa en un grupo de jóvenes intercambiándose tortazos con cierta técnica, eso sí, levantando la pierna bien alto mientras profieren gritos salvajes. En un lugar así, lógicamente, no habría lugar para la gente de mi edad.
Nada más lejos de la realidad.
Para empezar, nosotros no hablamos de entrenamiento sino de clase, ya que consideramos que el karate es más una disciplina que se aprende que un deporte que se entrena. Una clase de karate empieza por un calentamiento meticuloso y controlado, seguido de unos ejercicios destinados a mejorar la flexibilidad -de acuerdo a las posibilidades de cada uno-. A continuación, se repasan las técnicas básicas, llamado kihon.
Finalmente, la parte más técnica de la clase se puede destinar a estudiar las interacciones ataque-defensa por parejas o al trabajo de alguno o algunos de los katas existentes. Los katas, series establecidas de movimientos de brazos y piernas combinados con desplazamientos, recogen la esencia y la sabiduría más antigua de este arte marcial. Hay muchos y con diferente grado de dificultad, y se pueden estudiar y practicar a lo largo de toda una vida. Por último, la sesión termina con algunos ejercicios físicos seguidos de los estiramientos pertinentes.
Como podéis ver, es bastante tranquilo y apto para todas las edades. «¿Y el combate? –preguntaréis-, ¿no hay combate?». Lo que técnicamente llamamos kumite es tan solo un aspecto del karate tradicional, si bien es cierto que es la parte más conocida y deportiva y, por tanto, los jóvenes competidores la deben entrenar asiduamente. Pero, los que ya pasamos de una cierta edad, realizamos los ejercicios de combate por parejas en menor medida y siempre de forma controlada y evitando contacto y lesiones. Por ponerlo de otra forma, yo nunca he acudido al trabajo con un ojo morado ni nada que se le parezca.
No obstante, aún puede haber alguien que considere la elección del karate en vez de otra actividad física una excentricidad, ya que cualquier otro deporte serviría igualmente. He practicado muchos deportes -tenis de mesa a nivel de competición, escalada, esquí de montaña, balonmano, tenis, natación, bicicleta, etc.- y ninguno de ellos me ha aportado tanto. El karate añade a un desarrollo muscular completo y totalmente bilateral un trabajo de potenciación de la resistencia y el fondo, además de una mejora de la elasticidad, adecuándose siempre a las condiciones físicas y la edad de cada practicante, con el único objetivo de superarse cada día a uno mismo. Esto lo convierte en una de las actividades en las que menor número de lesiones se producen entre los veteranos.
Si esto no bastase, la estructura de una sesión de karate, que empieza y acaba con unos momentos de meditación -mokuso- y que exige una completa atención a las instrucciones del maestro, favorece una completa desconexión mental durante su duración. No es necesario mencionar los beneficios que eso comporta para las personas que cargamos con responsabilidades familiares y laborales en nuestra vida diaria.
Es por todo esto, y por otros motivos, que practico karate.
Sí, a mi edad.
Autor: Xavier Serraïma
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