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Deporte y moral: los valores educativos del deporte escolar.

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No cabe duda de que uno de los mayores problemas a los que se enfrenta un profesional de la enseñanza es aquel en el que infieren, no ya sólo los componentes epistemológicos de toda educación ( contenidos teóricos y prácticos que pretendemos transmitir a nuestros alumnos), sino además, y sobre todo, aquellos elementos referidos a una educación en actitudes. El hecho de que la educación no sea sólo una formación epistémica del individuo , sino (y considerando al discente como una persona total, global, no un abigarrado de conocimientos) una educación más completa del mismo, hace que se reoriente su tradicional sentido de la información atenuándolo en beneficio de aquel al que todos consideramos como fiel reflejo de la naturaleza humana: la formación integral. Es por esto que se hace necesario el que el docente se haga cargo de la educación moral del alumno, proveyéndole a éste de un sistema de valores que le permitan actuar y comportarse de forma honesta consigo mismo y con los que le rodean.
La tarea del educador supone asumir una serie de responsabilidades en cuanto a una educación de valores se refiere. Consecuentemente, se ha abandonado la falsa creencia de que el profesor sólo “enseña”, mientras que son los padres los encargados de la “educación”; afortunadamente, hemos advertido, por fin, la peligrosidad de encasillar así al niño, aislándolo de un importante contexto de desarrollo en su vida y conformador de su persona: la escuela.
Partiendo de esta premisa, podemos asegurar que es el profesor de Educación Física uno de los mayores afectados por esta educación de la que tanto apologizamos. Es la propia naturaleza sui géneris de la disciplina que imparte, la que le confiere esta gran responsabilidad, aunque, eso sí, compartida. Desde esta perspectiva, no es fútil considerar al deporte escolar como un estupendo instrumento transmisor y conformador de una serie de actitudes consideradas como deseables por parte de la sociedad. Actitudes, por otra parte, en las que hay que depositar una especial atención a la hora de fomentarlas ya que se corre el grave peligro de no saber qué es lo que se está educando ,cómo y por qué. A este respecto, cabe hacer mención esas actitudes estereotipadas que los medios de comunicación tanto se preocupan en generalizar. El profesor de Educación Física debe mantenerse al margen de todo esto, educando a través del deporte en una serie de valores que formen al niño en la honestidad, la solidaridad, la cooperación, … y un largo etcétera.
Lo educativo del deporte
Es irrefutable el hecho de que el deporte transmite una serie de valores, ya sean coyunturales o propios de la sociedad en la que está inmersa o, por el contrario, preestablecidos a lo largo de las sociedades precedentes. De hecho, “el deporte refleja los valores culturales básicos del marco cultural en el que se desarrolla y por tanto actúa como ritual cultural o «transmisor de cultura»” (Blanchard y Cheska, 1986:37).
En principio, deberíamos plantearnos si el deporte es educativo. ¿Está contraindicado introducirlo en la escuela como un medio para transmitir una serie de valores? Empecemos por ver qué consideramos educativo.
Según Seirul.lo (1995:62) “lo educativo es lo conformador de la personalidad del alumno”, entendido así no sólo en el ámbito psicológico, obviamente, sino como un desarrollo integral del niño. Para Le Boulch (cit. por Seirul.lo, 1995:62) “un deporte es educativo cuando permite el desarrollo de sus aptitudes motrices y psicomotrices, en relación con los aspectos afectivos, cognitivos y sociales de su personalidad”. Es decir, se trata no sólo de una educación por conocimientos (técnica, fundamentos individuales, táctica,…) como tradicionalmente se había venido transmitiendo, sino, además y sobre todo, de una educación en aptitudes que configuren en el ámbito global de la personalidad del niño una serie de valores propios a la actividad que realizan (no coyunturales ni propios a su sociedad) y que le ayuden a formarse como persona, por encima de las creencias, ideas e ideologías en que, sin ningún género de dudas, se pueden ver inmersos. Se trata de coadyuvar a la formación y no únicamente a la información. Y sigue Seirul.lo (1995:62) que lo educativo del deporte es que contenga como referencia valores de autonomía y libertad, entre otros.
Más allá de una educación acrítica y de unos niños condescendientes con la sociedad en la que viven, acólitos de los infundios y creencias a los que no pertenecen “educar es formar el carácter para que se cumpla un proceso de socialización imprescindible, para promover un mundo más civilizado y crítico con los defectos del mundo, comprometiéndose con el proceso moral de las estructuras y actitudes sociales” (Camps cit. por Gutiérrez, 1996:40). Según Gutiérrez (1996:40), hay que enseñar actitudes al niño para afrontar la vida con mayor libertad y sentido crítico ante la sociedad. También el currículo aboga por una educación integral donde “la educación social y la educación moral constituyen un elemento fundamental del proceso educativo, que ha de permitir a los alumnos actuar con comportamientos responsables dentro de la sociedad actual y del futuro, una sociedad pluralista, en la que las propias creencias, valoraciones y opciones han de convivir con el respeto a las creencias y valores de los demás ” (BOC,1993:1914) todo ello con el fin de “vivir e integrarse en la sociedad de forma cívica y creativa” (íbid.:1915). A este respecto, no sólo se fundamenta en una educación escolar sino también en una interacción y en coherencia con la familia con el objetivo de que los niños entiendan lo que significa colaborar, competir, escuchar, explicar, convencer, etc. (íbid.:1920). Y todo ello, pensamos, puede canalizarse a través del deporte, siempre y cuando cumpla con una serie de condiciones que no sólo son intrínsecos a la propia actividad sino además inherente a la actitud del profesor y del alumno, así como de otros factores exógenos implicados como los medios de comunicación, entre otros.
En resumen, “la actividad deportiva (…) debe basarse en la ciencia para configurar un tipo de práctica que comprometa íntegramente a la personalidad del deportista”(Seirul.lo, 1995:63). Lo educativo de las prácticas deportivas no es sólo el aprendizaje de las técnicas, táctica, el beneficio que aportan,… sino además que el individuo se configure como persona.
Los valores que el deporte aporta a la sociedad
Los valores que podemos considerar que el deporte aporta a la sociedad no sólo son aquellos que siempre se resaltan del mismo: cooperación, ayuda mutua, solidaridad,… éstos son, entre otros, los que podríamos considerar de alguna forma educativos y, por lo tanto, los más interesantes en nuestro ámbito de aplicación. No obstante, más adelante se pasará a comentar aquellos que van mucho más allá del aspecto educativo y traen otra serie de consecuencias sociológicas.
Sabemos que el deporte, desde un punto de vista moral, no es sólo una situación motriz que está regulada por un reglamento y que depende de una institución; es mucho más que eso. Cuando observamos a los deportistas vemos que ahí se está dando algo más que lo meramente físico, fisiológico, motor, e incluso psicológico. El deporte no implica solamente una serie de participantes, unos contra otros, corriendo detrás de un móvil; esto significaría dar a la espalda a algo tan importante como es la contextualización. Por ejemplo, un partido de fútbol, no puede considerarse como exclusivamente veintidós jugadores y un árbitro, aparte de lo que hay detrás (directivas, federaciones, etc.); en mi opinión, lo que hay destacar y que hasta ahora ha estado relegado a un segundo plano es cómo jugadores que han salidos de chabolas o barrios marginales se han convertido en estrellas (y que esto no significa una legitimación de la igualdad de oportunidades como pudiera interpretarse), o como al final del partido los jugadores se dan la mano, el intercambio de camisetas,… así como criticar y denunciar todos aquellos actos que vayan en contra del espíritu deportivo (fair play). La enseñanza del deporte no puede estar únicamente influenciada por lo meramente formal, en el sentido de que no sólo basta con enseñar la “forma” de ese deporte. Hay que llegar mucho más lejos, partiendo, eso sí, de lo más cercano al alumno. Antes hablamos de lo educativo del deporte; ahora hablaremos de lo cultural del mismo.
En la enseñanza se suele caer en el error de descontextualizar los hechos, o por lo menos, de ignorar allí donde suceden. El deporte, como uno de los contenidos que nos compete enseñar, tampoco está exento de este manejo que con tanta ligereza es utilizado. La enseñanza del deporte no es únicamente el aprendizaje de las técnicas, tácticas,… como ya se dijo; esto sería empobrecer demasiado lo que éste significa. Se trata, pues, de enseñar los valores culturales que rigen a la actividad deportiva como uno de los elementos más importante para conservar la identidad cultural y el respeto a las demás culturas, como un derecho fundamental de los seres humanos así como un medio para formarnos como personas, entre otros aspectos. Hay que enseñar los valores que el deporte transmite (siempre desde el relativismo cultural, obviamente no pretendemos caer en el etnocentrismo, considerando nuestra cultura y nuestros valores como únicos y/o válidos) ya que son éstos los que verdaderamente van a hacer reflexionar a los niños sobre lo que en realidad significa el deporte y lo que éste aporta a nuestra sociedad y a ellos mismos.
Los valores educativos del deporte
Una vez que hemos recogido de forma genérica cuáles son los valores que el deporte aporta a la sociedad, consideramos relevante aclarar cuáles, de entre ellos, son los más importantes para nosotros en el sentido de su inmediata aplicación en el ámbito escolar; de la tan deseada y hasta ahora más que esclarecida transmisión a los discentes.
Podríamos indicar que el valor educativo del deporte y la actividad física radica, principalmente, en que a través de éstos el niño llega a construirse las nociones topológicas, espaciales, temporales y corporales por la interacción de él con los demás a través de las relaciones lógicas que establece por el uso de estrategias cognitivas y utilizándolas, a su vez, como medio de analogía para establecer su nivel de desarrollo, destreza, etc. con los que le rodean y así definir sus propias posibilidades y tomar las consecuentes decisiones para el futuro. (B.O.C.1993:1949)
Los valores que son susceptibles de transmisión y que sean válidos para los más pequeños son aquellos que, sin llegar a ser coyunturales, proporcionan un sustento como medio para conseguir nuestro fin último: el desarrollo global, integral, de los niños como personas que son (y no como cualquier otra concepción más parcial del ser humano como pudiera ser una más mecanicista o meramente informativa). Por eso, y aunque muchos autores establecen un abigarrado compendio de valores sin establecer un criterio claro, no distinguiendo cuáles son susceptibles de ser considerados como propios al deporte y cuáles abordables desde cualquier otro ámbito de la formación; nosotros, por nuestra parte, vamos a diferenciar los intrínsecos al deporte, por un lado; y por otro, los extrínsecos al mismo. Es decir, dilucidar cuáles son propios y susceptibles de ser adquiridos por el deporte y cuáles son lo adjudicados por la subjetividad cultural del hombre. Partiendo de este criterio se atribución sociopersonal pasemos a ver estos valores.
Valores intrínsecos a la práctica deportiva
Hay una serie de valores que podrían definirse como intrínsecos a la actividad deportiva por ser aquellos que el sujeto “experimenta” contingentemente a la realización de la misma y porque sólo el deporte los transmite en sí mismo. Según Seirul.lo (1995:64-69) son tres los valores endógenos al deporte: el agonístico, el lúdico y el hedonístico. Mientras que para Acuña (1994:128) estarían la obtención de marca, la victoria y la superación, por un lado; y por otro, la diversión, el entretenimiento y el mantenimiento físico.
Nosotros, por nuestra parte, vamos a considerar los siguientes: el agonístico, el lúdico, el hedonístico y el higiénico.
En cuanto al valor agonístico, hay que decir que tradicionalmente ha dado lugar a mal interpretaciones y de no tener mucho cuidado en su utilización es muy fácil tergiversar cuál es, o debe ser, el verdadero sentido en el que se debe entender y utilizar. Hoy en día, es uno de los aspectos centrales en torno a la discusión sobre si se considera factible introducir el deporte en la escuela o no, ya que se entiende que este valor promueve una apología por “aplastar” al contrario, y desvirtúa otros como la solidaridad, el compañerismo, la ayuda mutua, el altruismo, etc. En parte es verdad porque en el deporte actual lo que importa es el resultado inmediato (los números) o el final (utilidades o bienes productivos), “en cualquier caso, la persona, productora de estos bienes, pasa desapercibida” (Seirul.lo, 1995:62). Y ello debido a que el deporte que nos llega a nosotros desde pequeño (por los medios de comunicación, por los entrenadores que tenemos desde los equipos de las categorías bases, etc.) está explotado por una serie de intereses económicos que hacen que se pierda el disfrute por el mero hecho de participar (Trepat, 1995:96).
No cabe la menor duda de que practicamos deporte por su valor competitivo; es precisamente su comportamiento agonístico lo que nos atrae del mismo (véase, por ejemplo, la diferencia entre los partidos amistosos y los campeonatos). No obstante, “competir es una conducta humana que, por sí misma, no debe ser considerada como buena o mala, es el uso y orientación de la misma, la que le puede dar uno u otro carácter” (Hernández, 1989:79) lo que implica que es totalmente apropiado enseñar a competir; siempre como un medio para conseguir autosuperarnos, de mejora con respecto a nosotros mismos y nunca violando los derechos de los demás en beneficio propio. Siguiendo la “teoría del flujo” de Csikszentmihalyi (1997) lo que se propone es un disfrute organizado de la competición, la búsqueda de la motivación intrínseca a la propia actividad; en palabras del propio autor: “la competición mejora la experiencia únicamente mientras la atención está enfocada primariamente sobre la actividad en sí misma. Si las metas extrínsecas -tales como vencer al adversario, querer impresionar al auditorio o pretender un buen contrato profesional- son lo que a uno le preocupa, entonces es probable que la competición se convierta en una distracción, en lugar de ser un incentivo para enfocar la conciencia sobre lo que sucede” (íbid.:117). Valga, por ejemplo, esa acerba filosofía: “al enemigo ni agua”. ¿Qué sentido tiene para nosotros, desde la pedagogía y el deporte escolar, esto?
En definitiva, de lo que se trata es de devaluar el concepto de competición entendido éste únicamente en el ámbito selectivo. Reconocer que el conflicto de la competición debe estar orientada a superar un objetivo y no a los antagonistas (Nisbet cit. por Blanchard y Cheska, 1986:39). Atenuar esta concepción es un labor difícil, sobre todo teniendo en cuenta que la escuela no es un lugar aislado de todo contexto, no es una “burbuja de aire” inmune a las influencias de la sociedad; está la familia, los amigos del barrio, los medios de comunicación, otras culturas, etc. Pero aun así hacemos apología por una concepción donde el típico tópico de “lo importante es participar” deje, de una vez por todas, de ser utópico para convertirse en alcanzable. Y no sólo esto, Cagigal (1979:46) alude a la supercompetitividad que existe en el deporte diciendo que hay que reorientarlo de manera que se considere como “una actividad, donde, sencillamente, puede el hombre recuperar su naturalidad, relacionarse con los demás sin estereotipos preconcebidos, medir su potencia e impotencia; donde, además, adquiere algún aprendizaje al autodominio, a la maduración, valoración y control del entorno, a la derrota…”.
El otro valor que reconocemos es el lúdico. Tradicionalmente, lo lúdico se ha asociado al juego, y de hecho, cuando se consulta cualquier obra que haga referencia a la práctica de la actividad física, se observa como para situar el valor lúdico continuamente se hace alusión al juego. Este ha sido el agravante de que el deporte siempre se haya considerado desde una perspectiva principalmente agonística, desvalorizando de él su componente lúdico, que dicho sea de paso es uno de los principales motivos que nos impulsa a practicar deporte. Sin embargo, es gracias a este valor lúdico lo que sirve de balanza al agón del deporte. Gracias a saber de la intrascendencia de lo deportivo, de no ser más que una práctica motriz (en los casos que nos ocupa) podemos hacer lo que queremos; de no ser así, tendríamos constantemente sobre nosotros una buena dosis de tensión y carga que supondría para la mayor parte nosotros más que una actividad catártica una actividad para estresarnos. Es este valor ludus el contrapunto a competir y a ganar del agón. Hacemos deporte por el mero hecho de pasar el tiempo divirtiéndonos, no sólo por el inefable tener que ganar a toda costa. “No se trata de ganar, se trata de pasarlo bien de una forma más o menos organizada” (Seirul.lo, 1995:66). Nosotros añadiríamos, siguiendo a Trepat (1995:97), que el juego y el deporte deberían incluir objetivos curriculares en el ámbito afectivo, para que los alumnos se conozcan entre sí e interactúen constructivamente, no una guerra que a ninguno de nuestros alumnos interesa.

Autor: Antonio Gómez Rijo

Maestro especialista en educación física por la
Universidad de La Laguna (Tenerife).
Actualmente estudiante de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte
por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (Gran Canaria)
(España)

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