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¿Quién es un maestro?

Definición del término Maestro

«MAESTRO» (lat. magister; fr. maître; sp. maestro; ted. Meister, Lehrer; Eng. master, teacher). –

Es un término que deriva de su significado original en latín (relacionado con magis, como ministro con minus), que indica a quien es superior a los demás en poder, dignidad, autoridad, y que por tanto los manda y exige obediencia, respeto, de ahí que el término se utilizara principalmente en el lenguaje militar (magister equitum, general de la caballería) y político (magister morum, censor; magister scrinii, canciller), ha pasado a significar, de forma más restringida, a quien es superior a los demás en conocimiento, sabiduría, elevación moral, y que por ello puede ejercer la función, no tanto de mandar, como de instruir, dirigir, gobernar, reprender, premiar y castigar.

De ahí la figura del ludi magisier o magister puerorum; que, de hecho, es análogo al término griego pedagogo, aunque en este último es más evidente la referencia a la función práctica de gobernar a los niños, y en el primero la referencia a la función didáctica de enseñar y educar.

Esta función didáctica estaba contenida, en las escuelas romanas, principalmente en el campo de la lengua, la gramática y la retórica, luego también de la dialéctica y la filosofía; pero el cristianismo elevó el concepto de maestro, haciéndolo coincidir con el de fundador de la nueva religión, de proclamador de la palabra.»

Esta es una parte de la definición común (y no única) del término que nos ofrece el Treccani, de esa palabra que utilizamos a menudo y de la que (demasiado) se abusa en nuestro mundo, modelándose, deformándose, en torno a figuras que nada tienen que ver con la encarnación física y espiritual del término, hasta el punto de crear lo que considero casi una patología: el síndrome del Maestro.

Analizando la definición anterior, se habla de un maestro como aquel que por «sabiduría, elevación moral» puede instruir, dirigir y gobernar, por lo tanto de una figura que logra ser superior, pero que al mismo tiempo debe tener los pies bien puestos en la tierra, manteniendo también la necesaria -repito, necesaria- aptitud para mejorar y aprender.

Un entrenador, pero que también sabe entrenar en el fondo de sus pensamientos

El Maestro como guía

Respetar
El ser humano siempre busca una guía y los karatekas o artistas marciales no estamos exentos de ello, en parte por naturaleza y en parte por la característica de enseñanza/aprendizaje que experimentamos en los dojos, kwoons o no. Por lo tanto, estamos sujetos, de buena o mala gana, a encontrarnos con esta figura, entregándonos a sus atenciones y cuidados o siguiéndola con digno respeto.

Respeto», palabra que esconde tras de sí una pretensión dogmática, que ve este sentimiento como un derecho que pertenece al amo, quien a su vez no «tiene» que darlo, sino recibir la mayor cantidad posible de él, sin que nunca se le cuestione por sus elecciones y decisiones o pronunciamientos.

De ello se desprende que, aunque el maestro no demuestre «sabiduría, altivez moral» et similia, debe ser respetado, y el alumno debe permanecer callado y silencioso. Cuando en cambio el respeto, como todo en esta vida, se gana con hechos y con palabras.

El concepto de enseñanza se basa en una serie de códigos humanos, morales, empáticos, actitudinales e intelectuales que son la piedra angular del magister.

En un mundo de entrenadores técnicos, muy buenos por cierto, los maestros se pueden contar con la punta de los dedos y, siento darte esta mala noticia (como el descubrimiento del agua caliente) pero, no son las calificaciones, la edad, las competiciones ganadas y las medallas en la pared lo que hace que un entrenador o ex deportista sea un maestro.

Shu ha ri

Aquellos que tienen más conocimientos y experiencia pueden llevarnos a un estado más elevado de elevación cognitiva, así como a un mejor nivel de práctica, pero entonces debemos ser nosotros los que continuemos la búsqueda, de forma respetuosa hacia aquellos que nos han llevado a ese punto del Camino. Debemos tener respeto por el hombre y sus valores y no por su estatus.

Al maestro, como siempre dice una querida amiga e intelectual mía, Irene Zanier, hay que bajarlo, y con ello no hay que golpear a los tuyos, sino entender que en un momento dado hay que decirle adiós, y tiene que convertirse en un puerto seguro al que volver, porque de lo contrario nuestro camino se convierte en un pantano en el que nos hundimos y nos cuesta caminar.

Un maestro es capaz de sufrir, de llorar, de alegrarse con nosotros, por asuntos que no tienen que ver con podios y agonías; es capaz de hablarnos pero también de escucharnos en silencio.

Con demasiada frecuencia se produce una especie de vampirización energética, que -debido a egos sobredimensionados y obtusos y a exigencias que no corresponden a las del alumno sino a las personales- desposee al alumno, sin que éste se dé cuenta, y este empobrecimiento no permite la correcta conexión.

Llevar el honor y el respeto a quienes comparten su experiencia con nosotros es correcto, pero también debe serlo que ellos a su vez lleven los mismos sentimientos hacia nosotros.

Hay que buscar a un hombre que sea capaz de evolucionar, que quiera entender a quien tiene enfrente y tenga una mente crítica y autocrítica, que realmente pueda crear sinergias y canalizar energías, no a uno que se llene la boca de frases hechas o que tenga una cara pública y una privada entre bastidores que se contradiga con la otra cara de la moneda o peor aún, que no te lleve a superar tus límites, sino que te corte las alas con frases como «esto no lo puedes hacer, haz otra cosa».

¿Dónde estaría el crecimiento, la creencia en alguien y en un potencial que debe cultivar un maestro? Un maestro nos educa, es decir, nos induce, nos «saca»… de nuestras perezas, inseguridades, bloqueos, etc. No nos comprime, no ensucia nuestros pensamientos.

¿Así que hay que desconfiar? No, también porque hay personas que realmente tienen como misión la enseñanza, una misión difícil y humana…. pero debemos, no obstante, recordar quiénes somos, (ante todo como seres sensibles y emocionales) de una manera humilde pero descarnada; recordar nuestro valor, nuestro sacrificio, nuestra moral, nuestro espíritu y compararlo con los que tenemos enfrente durante las horas en las que gastamos hasta la última gota de nuestra energía y estudio, respetando, nosotros, nuestro camino, que no es necesariamente meramente deportivo o exclusivamente histórico, sino que abarca, en algunos casos, esa «cultura japonesa» integral, de la que hablaba Riccardo Zambotto durante una etapa de espada y karate do.

Así pues, de entrenadores hay muchos, de maestros se pueden contar con la punta de una mano, ¿y de sensei?

El Sensei

En la espléndida obra ENCICLOPEDIA DELLE ARTI MARZIALI (ENCICLOPEDIA DE LAS ARTES MARCIALES) publicada por Luni Editrice, en el apartado «sensei» se dice: «Maestro. El término no se limita al sector de las artes marciales» y es cierto.

Un sensei es sí, ‘el que nació antes’, y que por tanto tiene el papel de enseñar el camino, pero también es el que se ofrece a permitir que un alumno aprenda (en nuestra misma web encontrarás un bonito artículo que explica que incluso alguien que enseña una receta de cocina puede ser definido como un sensei), a recibir una ‘enseñanza y al hacerlo se pone a disposición del alumno.

Sin embargo, traducido a las artes marciales, el sensei no es sólo un maestro -no puede limitarse a ofrecer nociones-, sino una figura que reúne una fuerte espiritualidad, una capacidad de ir más allá del pensamiento ordinario; un ejemplo desprovisto de egocentrismo o de actitud fronteriza/humoral ante la vida relacional, que tenga la claridad como principal motivo social y que no utilice subterfugios ni deje tirado a un alumno -y esto debería ser para la humanidad, pero, por desgracia, no es así-, en definitiva, una figura capaz de un camino luminoso por el que caminar y alejarse.

Un sensei es una persona que acepta aprender y cometer errores, admitiéndolo, una persona que no es capaz de anteponer su propio interés al de los que están siendo entrenados bajo su guía y que ofrece protección y justicia a un alumno, comprendiendo su persona y aconsejando lo que es mejor para él, no para sí mismo y su vanidad.

De este tipo de guías se oye hablar a menudo, no sólo aquí en Italia, de forma continua y entusiasta, pero debemos recular, y voy a explicar las razones.

«Síndrome del Sensei» -que es lo mismo que el «Síndrome del Sensei»-, es decir, el ego abrumador de una persona -la mayoría de las veces acomplejada e insegura o, peor aún, resentida por los logros que no se le reconocen o que cree merecer por sus propias razones- que se vierte sobre sus alumnos, con pretensiones casi divinas capaces de juzgar a los vivos y a los muertos, al pasado, al presente y al futuro y a la vida de un ser humano (tenga la edad que tenga).

Estos síndromes, traen consigo la desmotivación, la tristeza, el duelo moral, la desconfianza en las artes marciales y en las disciplinas de combate, quebrantan las voluntades de niños, niñas, hombres y mujeres, que lo han dado todo por su referente y que, al final, se dan cuenta de lo que ya sabían íntimamente: que es un simple hombre, desgraciadamente incapaz incluso de gestionar su propia humanidad, y mucho menos de poder ser un ejemplo o un camino para los demás.

Y en esta dolorosa epifanía, hay que adoptar la compasión, en el sentido más elevado de su significado, para avanzar y reunir en torno a los pedazos de uno mismo que se han hecho añicos en tan desafortunados encuentros.

Alerta del sentido crítico

Volviendo a la cuestión que subyace en el fondo de este soliloquio: no debemos desconfiar de nuestros maestros, sino que debemos seguir nuestro instinto, saber dar una oportunidad a los acontecimientos y a las personas, comprender, no sólo técnica sino humanamente, a quien tenemos delante de nuestros ojos y de nuestro corazón, y saber leer el alma de los demás (esto en general) por el bien de ambos. Tener una relación sana, fructífera y rica entre alumno y maestro.

El Hagakure dice que para considerar a un hombre como «amigo» deben pasar al menos diez años, desgraciadamente no tenemos tanto tiempo para evaluar a un maestro, por lo que nuestro sentido crítico debe estar alerta y ser capaz de captar las cosas que están mal, para permitirnos crecer y avanzar, y también para hacerlas presentes sin sentirnos irrespetuosos hacia la persona que ofrece la enseñanza y sobre todo, hacia nosotros mismos.

En pocas palabras, confía en tu percepción del conjunto, aplica un verdadero y continuo exorcismo contra el demonio del sometimiento por los dictados del rol, teniendo en cuenta que un verdadero maestro, un verdadero sensei, no se hace pasar por tal, no hace alarde de ello hablando de sí mismo en tercera persona o mostrándote hasta el cansancio lo mucho que se considera como tal, y no lo encontrarás si lo buscas… porque un verdadero sensei, un verdadero maestro, será quien te encuentre y, con una sonrisa amable, te diga «Ven, hablemos».

p.d. «Hasta los monos se caen de los árboles», nadie es perfecto, pero hablar de lo que no funciona o podría mejorar y hacer que las situaciones mejoren, puede ayudarnos a no ser monos que no saben mirar al cielo bajo el que viven.

Por Alex Pietrogiacomi

 

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Esta entrada fue publicada en 26 mayo, 2022 por en DIDÁCTICA y etiquetada con .

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