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Observando el árbol . . .

Una vez, hace mucho tiempo, en China, un maestro le dijo a su joven aprendiz que fuera al bosque a atrapar una liebre para cenar. El joven partió lleno de entusiasmo. Sin embargo, como nunca había cazado, no tenía demasiada idea de cómo iba a cumplir la tarea que le había dado su profesor. Al entrar al bosque, pronto divisó una liebre, corriendo muy rápido por el camino. De repente giró y se estampó de cabeza contra un árbol. Como estaba corriendo tan rápido, el impacto con el árbol la mató al instante, así que lo único que el aprendiz tuvo que hacer fue recogerla y llevarla hasta su profesor. Pero el triunfo del joven no duró mucho, pues aunque regresó al bosque muchas veces después, nunca fue capaz de llevar otra liebre de vuelta. Veamos, siempre que volvía al bosque, en lugar de buscar una liebre que “cazar”, simplemente regresaba al mismo árbol, y allí se sentaba, esperando que otra liebre se estrellase contra él.
Actualmente muchos karate-ka pasan su tiempo, metafóricamente hablando, “Observando el Árbol”, en lugar de aprender a cazar la liebre, y quizá ésta sea la razón por la que tantos estudiantes de Karate de hoy se quedan con hambre. Tan hambrientos, de hecho, que regularmente van en manadas a jornadas de Karate para entrenar con personas que, en muchos casos, simplemente han estado observando un árbol distinto durante un período más largo de tiempo. El paralelismo, al menos para mí, estaba claro: si el joven aprendiz hubiera aprendido a “cazar” una liebre, incluso a base de prueba y error, habría desarrollado una habilidad útil, y habría llegado a comprender que nada en la vida (ni en la caza) permanece siempre igual. Que cada cacería habría tenido que ser llevada a cabo de manera diferente, por el cambio de las estaciones y las condiciones que encontraría en el bosque. Habría llegado a entender que hay una serie de reglas fundamentales que se tienen que seguir, pero que el verdadero método de caza podría ajustarse a las condiciones predominantes del día. En lugar de eso, se aferró a un conjunto particular de circunstancias y puso todas sus esperanzas en la suerte que había experimentado en su primer viaje al bosque. No hace falta decir que siempre quedó decepcionado. Si, como estudiantes, recordamos que llegamos al dojo por primera vez para aprender Karate, con el tiempo aprenderemos una habilidad útil. Llegaremos a entender que dos sesiones de entrenamiento nunca son iguales. Que cada sesión nos hará enfrentarnos a diferentes desafíos dependiendo de la lección. También llegaremos a entender que existen algunas reglas fundamentales que hay que seguir, pero los verdaderos principios del Karate permiten que se hagan ajustes para adaptarse a nuestro propio cuerpo y a las condiciones predominantes de nuestra salud y del entrenamiento que estamos haciendo. En lugar de ello, muchos alumnos de Karate no son educados de esta manera, y muy a menudo (sin saberlo) colocan sus esperanzas en manos de aquellos que han estado ellos mismos “observando árboles”. No es necesario decir que, para esos estudiantes, nunca llega el progreso más allá de las patadas y los golpes de puño, y ellos también quedan decepcionados a menudo.
Cuando la gente empieza a entrenar Karate, a menudo les apuntan en la dirección equivocada, y rápidamente se aferran a las cosas que primero encuentran, del mismo modo que el aprendiz se aferró al árbol que mató a la liebre. De hecho, a muchos alumnos se les anima a aferrarse a las cosas que menos hacen para ayudarles a conseguir progreso individual. Por ejemplo, ven a los yudansha con sus cinturones negros, y se aferran al deseo de “parecerse” a ellos. Esto a su vez aparta su atención del verdadero propósito de aprender Karate-do, y les coloca en un camino que se centra en las trampas externas del arte, en lugar de en el progreso interno que se supone que están haciendo. Como el aprendiz en el bosque dándole demasiada importancia al árbol, ellos dan al color del cinturón, o lo que es peor, al grado dan, mucho más valor del que merece como medida del progreso que están haciendo. Cuando veo imágenes de un dojo con los distintos cinturones de colores expuestos por las paredes, sé que lo que estoy viendo es un lugar de negocio, en vez de un lugar de Budo, y muy a menudo me entristece ver cuántos profesores de Karate que se autoproclaman “Tradicionales” tienen semejante exposición en sus dojos.
Cuando “Observamos el Árbol”, nos fijamos a nosotros mismos en un punto en el tiempo, ignorando el hecho de que el tiempo, como nuestras vidas, es fluido, flexible, y nunca se queda quieto. Por consiguiente, tenemos que entender que para poder crecer debemos aprender a adaptarnos a los cambios que el tiempo (y la vida) nos pone delante incesantemente. He conocido a muchos karate-kas que a mediana edad se han enfadado (e incluso se han vuelto feos) debido a sus intentos por continuar entrenando de la misma manera que lo hacían durante sus días de juventud. A menudo su frustración se desborda sobre los alumnos menos capaces del dojo, y ellos sufren la peor parte de la incapacidad de su profesor por madurar y dejar de “observar el árbol”. Creo que es justo decir que muchos de aquellos que se apartan del Karate en ese momento de sus vidas, y puede que os sorprendiera saber cuántos lo hacen, lo hacen no por las razones que dan a los demás, sino porque (en su interior) han perdido la esperanza de que otra liebre se vaya a estrellar algún día contra el árbol que han estado observando tenazmente durante tanto tiempo. En otras palabras: su fracaso a la hora de repetir el “éxito” de años anteriores y de sentir el resplandor del logro, al final llega a ser más de lo que pueden soportar, y abandonan el esfuerzo. Unos pocos llegan a cuestionar si quizá no estarían buscando el “éxito” en el lugar equivocado.
Quizá, de vez en cuando, todos deberíamos preguntarnos a nosotros mismos: ¿Soy un observador de árboles? ¿Nos aferramos quizá, pronto, a la idea equivocada de lo que se suponía que debíamos estar haciendo cuando empezamos a entrenar Karate por primera vez, y por este acto, inconscientemente entramos en un dojo y en un camino que nos aparta de las cosas que estábamos buscando? Cuando nos sentamos a hacer mokuso, al final de una dura sesión de entrenamiento, quizá deberíamos reflexionar sobre cuestiones como estas, y quizá incluso llevárnoslas fuera del dojo al volver a nuestras vidas fuera del mismo. Centrar nuestros esfuerzos únicamente en las técnicas físicas de Karate es tanto un ejercicio de “observar el árbol” como lo es llenar nuestras cabezas de sueños esotéricos de samurais y ninjas, y la mal concebida e históricamente inexacta conexión que tales personajes del pasado tienen con lo que nosotros hacemos hoy en nuestro entrenamiento de Karate. Tenemos que buscar siempre el equilibrio entre las cosas que pedimos a nuestros cuerpos y las que pedimos a nuestras mentes. Las cosas que pensamos, y las cosas que hacemos. Al fin y al cabo, no sirve de nada mantener nuestros pies firmemente anclados al suelo, si tenemos nuestras cabezas flotando alto por las nubes.
La historia del joven cazando la liebre destaca el hecho de que nada permanece siempre igual, y, por qué no deberíamos nunca intentar retroceder en el tiempo y recapturar aquellos momentos que han pasado. El Budo nos anima a continuar buscando ese punto de equilibrio entre la adquisición de fuertes habilidades prácticas y una mente inquisitiva y en calma en cada fase de nuestras vidas, y no sólo cuando somos jóvenes y poderosos. O como lo expuso Miyagi Sensei: encontrar el “Go” (fuerte) y el “Ju” (suave) en nuestro Karate. Intentar tal cosa parece ser demasiado difícil para muchos, así que se sientan, y observan, y ponen todas sus esperanzas en que algún día experimentarán la repetición de un conjunto de circunstancias afortunadas que resultaron satisfacer sus necesidades iniciales. [Nota: No se debería pensar que el uso de las palabras Go y Ju implica que únicamente el estilo Goju-Ryu tiene tales conceptos en su interior. He conocido muchos senseis avanzados de diferentes escuelas de budo tradicional que expresan ideas similares. Las palabras y el idioma que utilizaron pudo haber diferido, pero su “comprensión” era siempre la misma.]
Pasar año tras año entrenando Karate sin considerar este “equilibrio” es, en mi opinión, garantía de conseguir nada más que infelicidad y decepción. La batalla por “¡Generar más potencia!” y a su vez “¡Permanecer relajado!” es familiar a muchos de nosotros, y yo por mi parte puedo decir con total honestidad que, por ahora, la capacidad de encontrar tal punto de equilibrio siempre que lo quiera, ha permanecido tentadoramente fuera de mi alcance. Pero hay otros que parecen haberlo conseguido, Kanazawa Sensei es un ejemplo entre los karatekas conocidos alrededor del mundo. Higaonna Sensei es otro, y los difuntos Senseis Kase y Asai ambos lo consiguieron. Como vemos, este sentido del equilibrio del que hablo no es imposible.
Hace algunos años, Kenshiro Abbe Sensei, un maestro de artes marciales conocido por muchos viejos budokas británicos y europeos, especialmente judokas y aikidokas, no sólo desarrolló sus habilidades de lucha hasta un nivel que se decía que eran “inquietantes”, también desarrolló un profundo sentido filosófico racional para sostener y equilibrar sus habilidades físicas, y en un esfuerzo por condensar sus ideas, acuñó el término “Kyushindo”. En mi libro “Budo Masters, Paths to a Far Mountain” (Maestros de Budo, Caminos hacia una Montaña Lejana), la filosofía de Abbe Sensei se describe así:
“[Abbe Sensei] veía el lado filosófico de su enseñanza como algo vital para la materialización de una buena técnica. Únicamente comprendiendo la filosofía y después aplicando sus principios al Judo, y a la vida, podía uno sacar realmente beneficio de su entrenamiento. Una explicación del término “Kyushindo” ayuda a mostrar, de manera más clara, los puntos de vista de Abbe Sensei con respecto a su entrenamiento y el papel que jugaba en su vida. “Kyu” significa investigar o estudiar algo; “Shin” señala la verdad, un tipo de verdad que viene del interior de tu mente a través de la experiencia y de la comprensión sin ego; y “Do” sugiere que estos conceptos deberían ser adoptados como un modo de vida.
De esta manera, el mensaje del Kyushindo es buscar la verdad en nosotros mismos, y hacer de esta búsqueda nuestro modo de vida. Para algunos éste puede parecer un ideal elevado, prestándose más al mundo esotérico que a los problemas de la vida moderna, pero Abbe Sensei creía que era precisamente esta manera de pensar, y los sentimientos que derivan de ella, lo que ayudaría a una persona a vivir y sobrevivir en la sociedad que tenemos hoy. A nivel práctico, los principios de esta filosofía aseguran que, si una persona fuera capaz de aplicarlos, tendría técnicas de su arte marcial elegido que funcionarían, siempre. Los tres conceptos principales del Kyushindo son: Banbutsu Buten: Todas las cosas están en un estado constante de movimiento; Ritsu Do: El movimiento es rítmico y fluido; Chowa: Todas las cosas trabajan y fluyen en perfecta armonía y conformidad.”
Obviamente, uno no puede avanzar si se queda quieto. Por tanto, a menos que creas en la máxima todo llegará a aquellos que se sientan y esperan, debemos tener cuidado de no centrarnos durante demasiado tiempo en un único aspecto de nuestra tradición. Al fin y al cabo, la recompensa por nuestros esfuerzos es una “sensación” por lo que hacemos, en lugar de simplemente la acumulación de conocimientos. Observar el árbol, sin importar durante cuánto tiempo lo hagamos, no nos acercará ni un solo paso a lo que estamos buscando. ¿Cuántos de nosotros, practicantes de Karate por todo el mundo, podemos aplicar las lecciones aprendidas en el dojo a la vida que vivimos fuera del mismo? Ahora comparemos el resultado con cuántas personas practican Karate y cuántas reivindican impresionantes grados, títulos, y logros.
Cuántos estamos aprendiendo algo verdaderamente útil, y cuántos estamos simplemente esperando a que suceda algo, es una cuestión difícil de responder con cierto grado de exactitud. Ciertamente, la inmensa mayoría de aquellos que se ponen un do-gi blanco para entrenar, y de los que están leyendo esto, se contarán a sí mismos como miembros del grupo “tradicional”; seguidores de un noble legado, senderistas del “camino” del Karate, quizá incluso conservadores de una tradición de lucha que se remonta siglos atrás. Pues bien, yo sólo puedo hablar por lo que he encontrado, y según mi experiencia, hay mucha más gente entrenando Karate que los que hay realmente aprendiendo Karate; hay mucha más gente que instruye, que la que hay enseñando realmente; y hay mucha más gente que se apartará de su práctica, que la que permanecerá. No puedo evitar preguntarme, al reflexionar sobre esta cuestión, cuántos han aprendido a “cazar la liebre”, y cuántos simplemente se han sentado a observar el árbol. Cuántos han hecho descubrimientos propios (a través de su propio entrenamiento), y cuántos simplemente han ido al dojo y han esperado a que algún feliz accidente les proporcionase las cosas que querían.
Pensamiento y acción; forma y función; es fácil darse cuenta de que necesitamos ambos para conseguir algo de valor. Lo uno más que lo otro, o lo uno sin lo otro, nos llevará en una dirección completamente diferente a la que tomas cuando ambas cosas están en equilibrio y trabajando en armonía para mantenernos en rumbo. Si los conceptos que sostienen el Karate no llegan a ser una parte normal de quienes somos, entonces sólo nos queda la alternativa: que el Karate siempre es algo externo, algo que simplemente hacemos. Si éste es el caso, ¿cómo podemos esperar poder recurrir a su verdadera importancia cuando la vida nos propine un golpe del que nos resulte difícil recuperarnos? Puede que entrenemos Karate cada día, puede que incluso nos pongamos el karategi a diario para ganarnos la vida, pero, independientemente de lo que hagamos cuando entramos al dojo, debemos recordar por qué vamos allí. Pues sin honestidad, nuestros esfuerzos, no importa cuánto tiempo pasemos en el dojo, están realmente desperdiciados.
No es suficiente ir al dojo, y no es suficiente “hacer” Karate. Si queremos sacar algo de valor del mismo, necesitamos absorber la esencia del mismo Karate, y reconocer que no son sólo los aspectos físicos o filosóficos del Karate los que tienen valor, sino que es el “conjunto” lo que importa. Si el joven se hubiera dado cuenta de que no bastaba con simplemente ir al bosque y sentarse junto a un árbol para atrapar una liebre, la verdad sobre lo que presenció aquel primer día haberle enseñado algo de valor; pero no lo hizo, no se enteró absolutamente de nada, y así pasó años observando el árbol, y perdiendo el tiempo. Necesitamos protegernos de tal comportamiento cuando vamos al dojo. Hay pocas certezas en esta vida, aunque quizá en ocasiones podamos reflexionar sobre esta: Nunca podemos volver a vivir en un momento que ya ha pasado.
Por lo tanto, si lo único que hacemos cuando practicamos nuestro Karate es repetir lo que siempre hemos hecho, y pensar las mismas cosas que siempre hemos pensado, entonces quizá necesitemos dar un paso atrás de vez en cuando y volver a echar un vistazo a cuánto tiempo hemos pasado visitando el dojo; simplemente esperando a que el progreso suceda.

Fuente:
“Watching the Tree”
Traducción al castellano: Víctor López Bondía [Con la autorización de Michael Clarke]

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Esta entrada fue publicada en 4 diciembre, 2017 por en PENSAMIENTO y etiquetada con .

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