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Hihyo : En un mundo en el que el Karate a menudo se enseña como pasatiempo, deporte, e incluso a veces como diversión, es difícil que sobrevivan conceptos como “hihyo


En un mundo en el que el Karate a menudo se enseña como pasatiempo, deporte, e incluso a veces como diversión, es difícil que sobrevivan conceptos como “hihyo”. Es una herramienta que los profesores de artes marciales rara vez utilizan actualmente por temor a perder alumnos, y por tanto parte de sus ingresos. Sin embargo otros rehúyen de semejantes ideas debido, en definitiva, a su propia falta de conocimiento y capacidad personal. Así que, ¿qué es hihyo, y por qué deberíamos buscarlo en lugar de intentar evitarlo?
En términos simples, hihyo significa “crítica”, pero si miramos más de cerca la forma en la que hihyo se utiliza en un dojo tradicional, podemos empezar a ver que lleva pocos de los aspectos negativos asociados con la crítica en occidente. En lugar de ello, es una herramienta con la que un sensei puede guiar a sus alumnos serios hacia un nivel más profundo de comprensión, tanto de su arte marcial como de sí mismos. No obstante, la palabra clave aquí es “serios”.

Hihyo, mal utilizado, tiene poco valor, excepto quizá para el ego del profesor que no lo utiliza adecuadamente. Es una herramienta que sólo puede ser utilizada de manera adecuada por aquellos que tienen un fuerte sentido de la humildad y están, por descontado, dispuestos ellos mismos a someterse a su implacable mirada.
Durante una visita a Okinawa en 1996, mi profesor, el difunto Eiichi Miyazato Sensei, me pidió que participara en una de las sesiones especiales de entrenamiento que tenían lugar una vez al mes en el Jundokan. Tales reuniones de los alumnos más avanzados del dojo, 7ºDan y superiores, y otros cuantos alumnos que tenían dojos propios, se utilizaban como una especie de control de calidad, para asegurar que el Karate de todos iba en la misma dirección. Debería señalar que la idea de uniformidad en Okinawa no es la misma que en Japón.

La uniformidad en Okinawa permite algo de individualismo por parte de la persona que entrena Karate, siempre que el individuo se adhiera a los principios fundamentales de la escuela a la que pertenece. Esta es la razón por la que, en el Jundokan, cada uno de los alumnos avanzados tenía su propia apreciación para los diversos katas, y sus ejercicios de entrenamiento de bunkai a menudo eran notablemente diferentes de aquellos que enseñaban sus contemporáneos. Que me pidieran que participase en una clase así, y que entrenase junto a esas personas, para mí fue un gran honor.
Como en tiempos antiguos, nos reunimos en el dojo y formamos un círculo. Lo primero fue junbi-undo, ejercicios de calentamiento, seguido de práctica del kata Sanchin. Este ejercicio contiene la esencia del Goju-ryu Karate-do. Una vez finalizada esa parte de la clase, Miyazato Sensei escogía uno, o quizá dos katas, y sobre eso es sobre lo que trabajaría la clase durante las siguientes dos horas o más. Ese día en concreto eligió el kata “Seipai”, y me escogió para demostrarlo. Así que, ahí estaba yo, literalmente rodeado por los miembros más avanzados del dojo, y a punto de ejecutar el kata que todos estudiaríamos en profundidad ese día. Lo hice lo mejor que pude, dadas las circunstancias, y a decir verdad pensé que lo había hecho bastante bien. Miyazato Sensei no estaba tan convencido, ya que para él mi demostración de kata había dejado mucho que desear. Sus comentarios tras mi ejecución fueron algo así: “Hmmm… Muy bien, pero después de los dos primeros movimientos, el resto no tiene remedio”.


A simple vista las palabras de mi profesor podrían verse como un simple menosprecio, y si yo las hubiera interpretado así, me habría perdido la lección que me estaba enseñando. Si no nos hubiésemos entendido, seguramente habría dejado pasar el momento y no habría logrado darme cuenta de mi buena suerte. Pero sabía que había algo más detrás de sus palabras, algo más que la crítica que colgaba en el aire quieto del dojo como el sonido de una campaña apagándose lentamente hasta el infinito.

Pues esa no era la primera vez que Miyazato Sensei había observado mi ejecución de kata en circunstancias estresantes, pero era la primera vez que estaba entrenando con los avanzados del dojo, y sabía que se estaba asegurando de que yo no cayese en la trama de pensar que ya estaba, de alguna manera, al mismo nivel que ellos. Sus palabras no hicieron ningún daño real, y momentos después de pronunciarlas, ya había una discusión en marcha sobre los diversos métodos que había empleado en el kata.

Después de un rato me pidieron que realizase el kata de nuevo, y esta vez cada uno de los presentes destacó algún aspecto para investigarlo más. De esta manera llegaron a un consenso general con respecto al kata, y al mismo tiempo, yo tuve la oportunidad de recibir el beneficio de su experiencia y orientación. Más adelante le pidieron a otra persona que ocupase el centro del círculo. No es necesario decir que ni una sola vez me sentí cualificado para aventurar una opinión sobre su kata. Dejar pasar el momento, al menos había eso había aprendido.
Cuando estas reuniones mensuales finalizaban, se desplegaba una larga estera a lo largo del centro del dojo, y se colocaba sobre ella una larga mesa baja. Miyazato Sensei proporcionaba comida y bebida que era servida a los avanzados por un par de alumnos de menos experiencia que se habían “ofrecido voluntarios” para llevar a cabo la tarea.

Tengo que admitir que me sentía más fuera de lugar en ese momento, cuando habíamos dejado el do-gi atrás y todo el mundo socializaba. No obstante, las conversaciones permanecían en los ámbitos del Budo, pero incluso ahí prefería escuchar más que hablar. Mi querida difunta madre solía decirme: “Michael, tienes dos oídos y sólo una boca, ¡así que asegúrate de escuchar al menos el doble de lo que hablas!”. En ocasiones así la sabiduría de sus palabras se hacía evidente. Aún así, varios de los sensei empezaron a meterme en la conversación, preguntándome sobre mi edad, el tiempo que llevaba entrenando, y dónde vivía. Bastantes comentaron sobre mi kata.

Y para mi gran sorpresa, comentaron lo bien que lo había hecho, y lo bien que parecía haber asimilado los principios que contiene. No hace falta decir que todo eso me sorprendió, ya que poco tiempo antes esos mismos sensei me habían hecho el kata pedazos. Pero en ese momento, me hacían cumplidos, ¿qué estaba pasando? Vi claro que había sido el receptor de hihyo.


Aprendí mucho sobre mi Karate ese día, y sobre el kata Seipai en particular. También aprendí que había gente a quien le importaba lo suficiente como para tratarme como un estudiante serio de Karate-do, y no como sólo alguien de fuera que se pasaba por allí para “hacer” algo de entrenamiento de Karate. Hihyo es una lección que he recibido en diferentes ocasiones a lo largo de los años, y siempre me he sentido agradecido hacia mis profesores por su preocupación.


Con mis propios alumnos, considero a los yudansha personas que deberían ser tratadas con seriedad. Sé que están aquellos que creen que todo aquel que se pone un do-gi debería ser tratado de esa manera. Bien, quizá sea así, pero según mi experiencia hay muchos que sencillamente no desean serlo. Como señalé al principio de este artículo, ahora vivimos en un mundo en el que la gente quiere todo tipo de cosas de su implicación en las artes marciales, y vienen al dojo con la cabeza llena de ideas, preconcebidas de antemano, sobre lo que van a hacer. No obstante, casi sin excepción, aquellos que entran a un dojo tradicional por primera vez se equivocan en lo que esperan encontrar.

Ahora más que nunca, aquellos que enseñamos necesitamos dar ejemplo y explicar a nuestros alumnos el verdadero significado y valor de los diversos grados que puede que les hayan otorgado para marcar su progreso. Necesitamos educarlos en la tradición a la que pertenecemos antes de otra generación más haya crecido sin la sensación de enfrentarse directamente a sí mismos a través de desafíos como el de ponerse delante del makiwara, o luchar con las náuseas procedentes de la boca del estómago cuando nos enfrentamos a las exigencias del entrenamiento.

Si aquellos que han conocido esas cosas no las transmiten a la siguiente generación de karate-kas, entonces quizá deberíamos echar un segundo vistazo a qué es lo que estamos transmitiendo… Ni que decir tiene, aunque lo diré de todos modos, que aquellos que nunca han recibido semejante entrenamiento difícilmente están en posición de darlo, y deberían resistir cualquier tentación de presentarlo a sus alumnos, pues no tienen ningún derecho moral ni ético para hacerlo. Hihyo, como tantos otros aspectos del Karate tradicional, necesita ser experimentado antes de poder ser entendido. Para algunos, como yo, tiene que ser experimentado varias veces para que su verdadero valor se revele. El esfuerzo que uno lleva a cabo en su interior para comprender semejantes lecciones proporciona la comprensión, y por consiguiente la plataforma desde la que tales lecciones pueden ser impartidas a otras personas.


Hace algún tiempo me preguntaron por qué todavía tenía instructor. La persona que lo preguntaba dejó clara su intención: si yo era un karate-ka avanzado, como se suponía que era, no lo necesitaría, ¿verdad? ¡Incorrecto! Pero cómo iba a convencer a esa persona de que todo mi tiempo entrenando en Karate, o mi grado, no significaban que ya no necesitara orientación. Como la persona en cuestión no entrenaba artes marciales, sabía que mi respuesta siempre iba a sonar extraña, o al menos inadecuada, y efectivamente así fue. No le convenció nada lo que le dije, y aunque no me lo dijo, se veía que se marchó seguro de una sola cosa: ¡que yo no era ni la mitad de bueno de lo que aparentemente pensaba que era!.


Mi contacto con el concepto de hihyo a lo largo de los años me ha convencido de que siempre tendré más que aprender. No necesariamente nuevas técnicas, o nuevos katas, sino nuevas formas de “ver” cosas y nuevas maneras de “entender” cosas. Si me las tuviera que arreglar completamente solo estoy bastante seguro de que gastaría demasiada energía y esfuerzo persiguiendo sueños. Así que, aunque estoy alejado de mi sensei durante largos periodos de tiempo debido a la tiranía de la distancia, todavía siento la necesidad de regresar a Okinawa y que alguien cuya opinión respeto compruebe mi carácter y mi Karate. No recuerdo la última vez que alguien me enseñó algo nuevo en lo que se refiere a una técnica que no conocía ya, o a un kata que todavía no había aprendido, pero el número de veces que me han presentado ideas que con el tiempo me han llevado al desarrollo personal han sido suficientes para convencerme de que todavía no he alcanzado el punto en el que ya no siento la necesidad de que me enseñen.


Como estudiante de Karate-do hago todo lo que puedo para adoptar las cosas que dice y las ideas que imparte mi profesor. Como profesor de Karate-do, espero que mis alumnos hagan lo mismo. Dependiendo del nivel de comprensión que tengan, espero ciertas cosas de ellos. El Karate que he aprendido y el Karate que enseño no es una cuestión de aprender técnicas físicas de memoria y tener la capacidad de reproducirlas cuando se requiera, para un examen de grado o para un torneo. El Karate que enseño tiene más que ver con descubrir por uno mismo una idea, después una sensación, después algo de habilidad. Haciendo eso una y otra vez, los ojos se abren lentamente a la profundidad de posibilidades que existen en Karate-do. La medida de progreso se va vinculando cada vez menos a los métodos de instrucción según “programa de grados”, y cada vez más al “camino” individual que el estudio del Budo nos invita a recorrer.
Para progresar sin sufrir demasiado de ilusiones necesitamos un guía, un sensei.

Alguien que se ha enfrentado a los mismos problemas y desafíos a los que estás enfrentando tú, y que a pesar de ello ha seguido progresando. No un entrenador, no un instructor, sino un sensei, alguien que ha estado donde tú estás ahora. La manera en la que se ha transmitido el Karate en los últimos diez o quince años, deslizándose al ámbito de un arte marcial recreativo, significa que muchos de los que enseñan hoy desconocen los valores más profundos que hay codificados en nuestra tradición. Pero todavía hay muchos sensei por el mundo enseñando su arte de la manera tradicional. Desgraciadamente, también hay un gran número de personas enseñando bajo el estandarte tradicional sin estar cualificados para hacerlo.
Como siempre depende de ti, del individuo, marcar tu propio rumbo, elegir tu propio guía, y esperar poder presentarte a un profesor tradicional de una forma que le anime a aceptarte como alumno. Sin embargo, uno nunca debería olvidar que cuando entra a un dojo emprende un viaje profundo hacia uno mismo, y no simplemente un viaje por la vida, caminando a la sombra de otra persona.


Si eres afortunado, uno de los métodos utilizados por tu sensei será hihyo. Cuando llegue, debes estar listo para recibirlo, de lo contrario, puede que sufras un serio contratiempo, o te pierdas del todo. Hihyo debería entenderse como un signo de madurez en Budo, ya que es un método de enseñanza que sólo puede ser utilizado entre adultos que son serios en sus esfuerzos. No rehúyas ni intentes evitarlo, en lugar de ello, siéntete discretamente complacido de que llegue, pues como un haz de luz en la noche más oscura, puede mostrarte el camino hacia adelante cuando ningún otro método lo haga.

Fuente:
“Hihyo – The shining light of criticism”
Traducción al castellano: Víctor López Bondía [Con la autorización de Michael Clarke]

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